
ROSA DE LOS VIENTOS
Óleo sobre lienzo de algodón
114 x 146 cm
"Sin firmar un juramento, hemos hecho un compromiso”, dice la copla, y así, en la intimidad, en voz baja, a modo de rezo y sin testigos, se hacen las promesas que se llevan por dentro.

Rosa de los Vientos nace de ese quejío en el estudio de una pintaora que, mientras pinta y canta letras por soleá y por seguiriya, olvida dónde están la líneas que separan el pasado del presente y el futuro. En su voz resuenan todas las almas que pasaron por esos contornos melódicos que llevan vibrando en el alma desde el primer llanto al nacer. En este autorretrato vemos a una mujer que apoya la mano sobre un libro y jura, sin palabras, no olvidar de dónde viene.
La escena es íntima y guarda un misterio. La artista se sienta con las piernas semiabiertas bajo un suelo de estrellas que evoca la Rosa de los Vientos, la que nos hace no perder el norte, y su cabello cae hasta el suelo buscando agarrarse a las raíces que están bajo tierra ( como esa letra por soleá de canta Juan José Amador acompañado de Chiqui Cienfuegos).
La obra pictórica está viva porque en ella se escucha el flamenco en cada color y pincelada.

Es un rito de paso: el instante en que se asume lo heredado antes de decidir hacia dónde se camina. Memoria, ancestros y tierra quedan unidos en un mismo gesto.
El corazón de la obra es lo que el flamenco guarda y no termina de revelar. El libro, Arqueología de lo jondo de Antonio Manuel Rodríguez, ocupa el centro de la escena como canal de lectura, y sobre su título el índice y el pulgar de la artista dibujan una "j", la inicial de jondo. Palabra y piel se funden: al señalar esa jota, la pintura revela la verdad de su juramento. Ahí actúa Lilith, figura de lo oculto y de lo silenciado, que no pide permiso para mostrar lo que un sistema prefiere callar.
Como dice Antonio Manuel en el libro : llevamos la memoria tatuada en la lengua.
Pese a los intentos históricos de aniquilar y censurar las herencias culturales, la verdad sigue guardada en las voces y en la piel. Por eso el flamenco es la expresión más viva del sentir del pueblo, el de antes y el de ahora.
Esa Rosa de los Vientos es también un mapa de encuentros. Gracias a ella, las culturas que navegaron por el Mediterráneo pudieron orientarse, cruzarse y pisar tierra, y de aquellas travesías queda hoy memoria en nuestras voces y en nuestra música. En el flamenco resuenan, como ecos de una misma corriente, las melodías árabes, griegas, romanas, turcas y egipcias, entre otras muchas, que la historia fue depositando en esta orilla del mar. El flamenco guarda esa amalgama como una riqueza viva: cada quejío lleva dentro un puerto, y cada puerto, un pueblo que llegó, escuchó y se quedó.
La obra, sin embargo, no mira solo atrás. El cuerpo de la artista refleja su sociedad: el arquetipo de la mujer flamenca se transforma en el de una mujer globalizada, en constante evolución, a quien los nuevos tiempos obligan a adaptarse.
El aire japonés de su indumentaria y sus zapatos de cantaora señalan el camino: la raíz puede respetarse sin alterarla, como Japón ha hecho con el flamenco desde la admiración y la disciplina, y no desde la apropiación.
De ahí que la Rosa De Los Vientos sea una puerta abierta al respeto a los ancestros: no será fácil olvidar de dónde venimos mientras la raíz se conserve, aunque la vida siga evolucionando hacia un marco cada vez más global.
La jondura de esta pintura revela la maestría técnica de Beatriz, pensada para que el observador entre en la intimidad y en la profundidad del mensaje y, de este modo, atraviese las capas de la realidad que nos mantienen en un falso escenario.




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